domingo, 6 de junio de 2010

¡Placeres domingueros para el paladar!

Creo que no es lo mío el comentar sobre recetas y comida. Sin embargo, les quiero contar sobre lo que mi madre y yo hemos preparado para la comida de hoy:

1.- Brócoli al vapor con gratín de queso Edam.
2.- Arroz.
3.- Calamares rellenos de atún, huevo, cilantro y pimientos en salsa de vino blanco y tomate. (8)
4.- Filete de pescado empapelado. (4)

Por cierto, no pienso ponerles recetas ni explicaciones exactas de cómo se hicieron los platillos -puesto que ése no es mi fin-, pero les cuento mi experiencia:

1.- El brócoli es de lo más fácil ya que sólo es cocinarlo al vapor -nosotras ya lo teníamos cocido de un día anterior-. Sólo utilizamos un refractario y le untamos mantequilla en su base, colocamos los trozos de brócoli y fuimos alternando trocitos de margarina/mantequilla y el queso Edam -nosotras lo rallamos-. Yo diría que me resulta más útil tener el queso a temperatura ambiente porque de esta forma -al ser un queso seco- se derretirá más fácil. Si lo tienen guardado en un refrigerador, supongo que tardará un poco más en derretirse. (También les recomiendo usar queso manchego el cual se derrite mucho más fácil y tiene un sabor excelente.)

2.- Si les intento hablar del arroz les estaré mintiendo porque ni vi cuando lo hizo mi madre, ¡haha! Pero bueno, éso es algo sencillo y que "todos" saben hacer. ;] (A nuestro arroz nos gusta agregarle trocitos de apio.)


3.- Los calamares... ¡Uff!
En realidad no es algo complicado -y confieso que jamás había probado, cocinado, o tenido una experiencia cercana a estos "adorables" animalitos-. Lo único es que si no tienes la práctica el proceso de limpiarlos y prepararlos podría tomarte algo de tiempo. Pero les digo, la demora tendrá su recompensa.
Deben asegurarse de lavarlos bien, quitarles el aguijón, la parte que contiene su tinta -procurando no romperla para no mancharse ni manchar al calamar-, remover todo lo que conforma su interior, etcétera. La textura es ciertamente extraña, pero una vez cocinados tienen un delicioso sabor. Cuando estén limpiando su interior, no teman por la textura. Pueden girar al calamar -me refiero a invertirlo, exponiendo su lado interno e internando su lado exterior-, así podrán limpiarlo mejor. Al principio parece que se romperá, pero no, es resistente. Una vez lavados pueden comenzar a rellenarlos. Mi madre y yo hicimos un relleno de atún con un ligero sabor a tomate -para éso se prepara una salsa-, también pusimos cilantro, huevo cocido en trozos pequeños, pimiento amarillo, y pueden agregarle otras cosas de su preferencia. Los extremos del calamar, una vez relleno, se sellan con ayuda de un palillo. De ahí se enharinan y salpimentan y se colocan en una sartén -previamente se sofrieron cebollas en el aceite-. Seguidamente se agrega una salsa que le dará sabor y consistencia a los calamares; está hecha con dos tomates -pueden agregarle un cubito de concentrado de tomate-, especias, y media taza de vino blanco. (No esperen mucho tiempo para agregarla a la sartén.) Para regular el sabor ácido de la salsa le agregan dos cucharadas soperas de leche. :D


4.- Nuevamente, no tuve intervención alguna con los filetes de pescado empapelado, pero les digo que fueron salpimentados y cubiertos con zanahoria rallada. También agregamos trocitos de pimiento amarillo y apio, además de usar un poco de aceite de oliva para que no se pegaran al aluminio. (Se hicieron en una vaporera.)


Básicamente, éso fue todo.
Decidimos acompañar la comida con limonada fresca. (Les comento que a mi vaso le agregué una cantidad muy pequeña de vino blanco, sólo para cambiar un poco el sabor.)
Y bueno, les anexo unas últimas fotos -a como lo he hecho con los demás platillos- de lo que resultó nuestra comida del domingo:


Les pido una disculpa si las fotos no son totalmente maravillosas o si la presentación no es absolutamente fantástica, hice lo posible. (:

Ya para despedirme, espero que el placer al paladar que hoy me di el lujo de tener, sea para ustedes también un deleite a la vista.
¡Ciao!

viernes, 4 de junio de 2010

La locura dice ser cuerda.

Sólo quiero que me escuches.
Yo sé que no imagino cosas.
Sólo pido que prestes atención a lo que digo.
Estoy segura de que no estoy sorda.
¿Cuánto más debo esperar?
Me miras, no quiero voltear.
Dices querer escucharme.
Seguro que no lo deseas con fuerza.
El alma se sala y se derrama la tristeza.
Incomprensión, confusión.
Dices que demonios habitan en mí.
Posesión. Esencia dividida.
Lo has dicho tanto que los puedo sentir.
Yo sé que no estoy loca.
Exclamas no ser sinónimo de perfección.
Tu actuar no lo refleja.
Errores no caben en tu persona.
Es lo que tu boca y mente revelan.
Oveja negra soy.
Que he sido dotada de lo mejor.
Espacio lleno y vacío.
Llévame y otorga lo mío a alguien más.
Llévame, pero no me retengas en ti.
No te merezco, ni a tu gloria.
Arrancaré mis oídos.
Han sido inútiles, al parecer.
Cortaré mi lengua y zurciré mi boca.
Sólo saben dañar y escupir veneno.
Que me he elegido víctima.
No está en mí la negación del hecho.
Demencia es mi nombre,
por complacerles.
Esquizofrénico el estado que me ata a este cuerpo.
Eximentes las palabras que he escrito esta noche.


domingo, 30 de mayo de 2010

El dolor de olvidarte.

Tapiar las oquedades del corazón, que alguna vez te perteneció, con besos nacientes de un par de labios desentendidos por mi alma indolente y acogidos por las sinsabores penas que concibió aquella adoración enfermiza que te entregué. Tormentos se molestó en traer como si de acto recíproco se tratase.
Latoso el pensamiento que te comprende y que duda, por un segundo, de despreciarte.
Eres punzante daga y eres piel frágil, el filo hiriente que provoca la herida, y la herida misma que suplicio eterno se torna.
Pretendo olvidarte, y en el olvido tu recuerdo. Yace la angustia de tu ausencia en mí, y el dolor de lo que fue presente y no lo es más. Pretendo olvidarte, y recurro al olvido. Ignorar el fantasma del nosotros es sólo una preterición más de lo que mataste sin haber sido vivo. Someto mis palabras de manera solemne al deseo de olvidarte para engañar al espejismo de retener tu aroma. Todo lo tuyo me resulta agobiante, pero incluso el olvidarte me resulta doloroso.

lunes, 8 de febrero de 2010

Pero qué cosas a la hora de cenar...

Siempre es el mismo dilema a la hora de la cena: Soy una adolescente de 16 años que tiene una madre demasiado pendiente de mis necesidades, sobre-protectora, dadivosa e indulgente, además debo decir que es muy terca y posee una enorme imaginación por lo que nunca se queda sin opciones. Cuando se trata de la cena, mi madre llega con la duda de qué es lo que me gustaría cenar. Normalmente contesto con un "no sé" o "lo que sea", pero ella se queda justo en donde está y comienza a lanzar, palabra por palabra, una lista de sugerencias que parece ser infinita. Hoy vino a hacer la misma pregunta de siempre: "¿Qué piensas cenar, Aurora?" Le contesté: "Hm, no sé. Tengo ganas de comer mermelada, algo dulce." Ella me dijo: "Ah, bien. Ahí hay pan tostado. Lo comes con mermelada." A mí me pareció buena la idea y asenté el acuerdo con un: "Sí, ok." Sin embargo, como ella acostumbra hacerlo, comenzó a sugerir más cosas a pesar de que ya habíamos establecido la idea para mi cena. Al menos, yo creí haberlo hecho. Supongo que la idea que le surgió de manera continua a la previa fue porque estábamos hablando del pan tostado: "Ah, compré pan de nata" me dijo. "¿De nata?" pregunté. Ella continuó: "Sí, de nata. Es un panqué normal, como el que horneé, pero de nata." Yo sólo dije: "Aaah, sí." Ella sugirió: "También puedes comer un poco del pan con leche." Yo empezé a pensar en lo que iba a venir en unos cuantos segundos: más sugerencias. "Aah, sí. También, pero no. Tengo ganas de comer mermelada." Como mi madre parece no escuchar lo que uno dice continuó hablando: "También compré queso cottage. También hay panela." Yo me limitaba a decir: "Uh huh..." Y ella decía: "Aaah, o también hay cereal. ¿Te hago un cereal, no?" Yo despegué la vista de la pantalla de la laptop y la miré con un poco de desesperación: "Mamá, en primera el cereal no se hace, se sirve. Y no te preocupes, el cereal se pone en un plato y le pones leche. No necesito que me lo sirvas. Puedo hacer sola, ¿sí?" Ella sólo me miró con una leve sonrisa dibujada en su rostro como con ganas de reír: "Hm, ay Aurora... Ah! Tu papá quiere unos huevos revueltos..." Recuerdo haberle dicho que sí a lo que continuó hablando, pero en realidad no le puse mucha atención y me encerré en mi idea de comer algo dulce. Ella se fue y yo continué haciendo lo que estaba haciendo: 'twittear'.
No sé cuántos minutos pasaron, pero no fueron muchos para cuando escuché a mi padre venir para decirme que mi sandwich ya estaba hecho, servido y en la mesa. Yo me dije a mí misma: "¿Qué?" Miré a mi papá con una cara de desconcierto. Realmente no sé cómo se habrá visto mi cara en el momento, quiero decir, no tenía un espejo en frente como para verla, pero sé que por dentro y en mi mente reinaba una sensación de absurdo. "¿¡Un sandwich?!" exclamé. Mi papá con ésa emoción de niño que guarda en su corazón pero que siempre es capaz de mostrar me dijo: "Sí. Con jamoncito, tomatito, repollo, mayonesita... Hmmm!" Lo habré mirado fíjamente a los ojos como unos siete segundos para después decirle: "Ay, ¡por favor! No, es que, ella... ¡Osh!" En realidad hago eso siempre que me frustra algo, y es que en el momento no encuentro la idea exacta de lo que quiero decir. Como sea, comencé a contarle a mi padre la típica secuencia de comida que mi madre suele sugerir. Mientras yo me exaltaba en ciertas partes de la explicación mi padre reía. Seguramente su mente se estaba llenado de ideas divertidas. Mi padre adora ésa forma única de ser de mi madre. A pesar de ser "predecible" nunca sabes qué esperar de ella, nunca. Así, terminé de contarle lo que ustedes leyeron en éste texto y me fui a la mesa a cenar con él y con mi madre. Ya estando en la mesa debo decir que el sandwich se veía muy apetitoso, fue entonces cuando me empezó a causar gracia el hecho.
En la mesa estaba los tres sandwiches, uno para cada uno de nosotros. Aparte, dos platos: uno, con rebanadas de tomate y repollo; otro, con aguacate. Yo no noté el aguacate hasta que mi padre tomó un poco con el tenedor. Decidí tomar también un poco, pero al hacer la petición a mi padre de que me pasara el plato, mi madre dijo: "Ya tiene tu sandwich." Me molestan mucho esos comentarios que ella hace, más porque los hace de manera impulsiva y sin pensar. Le dije a mi padre que ya no quería y mi madre añadió: "Pero puedes ponerle." Si hubiera sido en otra circunstancia seguramente yo habría empezado a discutir con ella, soy muy explosiva cuando ella hace esas cosas, esos comentarios con los que te hace juegos mentales. No sé si me entiendan... De igual forma, permanecí tranquila porque mi padre intervino e hizo que ella se diera cuenta e hiciera conciencia de lo que había dicho hace unos minutos y lo que acababa de decir. Entonces me dijo: "Sí, ponle. Ponle aguacate." Les digo que tampoco me gusta que me ordenen cosas y éso sonaba a una orden. Aún así permanecí tranquila, tomé el aguacate y lo unté en el sandwich. A pesar de que pasé por estas cosas antes de poder cenar, admito que el sandwich de jamón con mayonesa, aguacate, tomate, queso y repollo sabía muy bien. Es algo por lo que se debe agradecer, ¿verdad?
Y a pesar de que éste final se lee apetitoso y agradable al paladar, termino de escribir estas lineas inconforme, pues ésta noche iré a la cama sin haber probado un poco de mermelada.

martes, 19 de enero de 2010

Pero serás mío, en mí.

Mis noches de insomnio tomarán tu nombre y mi aire serás tú, mis deseos naceran de tus ojos y lo más dulce, el sabor de tus labios, será de lo que nunca tendré conciencia. Y aquella melodía perfecta, que tanto he anhelado, escucharé cada vez que tu boca pronuncie esas palabras que siempre soñé podrían ser para mí. Y tú serás mi afán y yo una fugaz luz de la que no sentiste calor ni percibiste brillo.

martes, 5 de enero de 2010

Incertidumbre.

Es curioso cómo alguien que no conoces puede hacerte dudar tanto y de tantas maneras.

lunes, 4 de enero de 2010

Monocromía.

El aroma a humedad en el aire invadía la habitación, con tal intensidad que no había necesidad de mirar el calendario para saber que en los últimos días había comenzado noviembre. Se empieza a sentir el frío. En las aceras se comenzaban a formar pequeños charcos de agua, al mismo tiempo en que las gotas de lluvia resbalaban por las hojas del bonsái de naranjos, que hace unos meses me regaló mi madre. Ella trajo aquí a la planta con la intención, según sus extrañas ideas de Feng Shui, de traer “nuevos aires” a mi vida y cambios para bien de mi equilibrio personal. Sé que su fe en esas cosas es grande; me atrevo a decir que es más grande de lo que una vez fue su fe en el tal Dios, antes de que aquel hombre al que alguna vez llamé padre nos dejase a la suerte, pero por más que ella crea, por más que ella lo intente, estoy consciente, de que suceda lo que suceda, cualquier cosa venidera no modificará lo que es o lo que fue. No modificará el hecho de que me encuentro aquí, sentada en este sillón frente a esta ventana, siendo espectadora del panorama cotidiano y gris que se aprecia desde aquí, que no es único ni especial, sino lo contrario: la vista tan monótona de esta ciudad en la que he pasado mis escasos 24 años de existencia, si es que a esto se le puede llamar existir. Estar sentada aquí, el viento que juega entre las cortinas, las cortinas de tela suave, fresca como el aire que se respira y el viento que vuelve para acariciar mi piel con roces que me hacen sentir viva. Viva para mirar a esta lluvia, precipitarse en pequeños cristales, frágiles, acuosos, mientras cae, sentir que la siento. El ambiente me pone pensativa y me hace creer que el día vive, vive más de lo que yo he podido vivir. Como si la mañana quisiera hablar y hacerse escuchar. Como si cada una de las cosas a mi alrededor fuesen pinceladas descuidadas y azarosas que intentasen hacer de mi pasado y mi presente un Monet, con su arte impresionista, trazos imprecisos y no claros, intentando contar una historia que a mi parecer no merece tal gloria, cual cosas ejemplares sí han ameritado a lo largo de la historia.

La historia de aquello que ha acontecido a lo largo de todo, a lo largo del camino, a lo largo de todo lo que me ha traído hasta este lugar, aquí. El momento y este lugar. Y este tiempo. El tiempo que no es mío, pero que se me ha dado. El que he tomado, siendo egoísta y desconsiderada, sin preocupación ni cuidado. El tiempo que he tomado para mí y nadie más. Porque lo sentí necesario, sí. Y necesario ha sido el apropiarme de una mañana y de un día, hacerme de casi veinticuatro horas y de la tarde, tomar como mía a la noche. Olvidarme de lo que llaman mundo y sentirme con el derecho de reclamar ese tiempo que, a pesar de no pertenecerme, lo siento mío. Porque muchos otros se han creído capaces de reclamar el tiempo del que se supone yo dispongo, el tiempo del que me provee la tal vida y el aquel Dios. Ese Dios que no conozco, el que según me ha dado la vida y al cual llaman Maestro; más maestra ha sido la vida para mí, más que cualquiera y cualquier otra cosa. Ya tantos golpes y zarandeadas, los moretones en el alma no se quitan con el tiempo y las heridas del corazón no cierran fácil. Uno se acostumbra a ese saborcito amargo y acerbo, comparable con esas lagrimitas y gestos sincerados de infante al cual se le ha negado un caramelo. Debo decir que antes me parecía constantemente desagradable pero ahora ya no lo distingo de alguna otra sensación.

Sensaciones, hablando de ellas, son pocas las que puedo recordar. Ahora sólo se me viene a la mente el aroma del café por la mañana y eso porque ayer tuve una taza llena para mí. El colmo es que ni ese aroma parece placentero porque, a su vez, me hace pensar en el trabajo. Maldito trabajo. Todas las mañanas, lunes a viernes, la misma canción. Canción tediosa y de tempo ajetreado. Como si el ir a la oficina a las seis de la mañana fuese algo disfrutable. Disfrutable es tomarte un martes de entresemana para no ir a pretender que haces un trabajo maravilloso y de calidad, sentada en un cubículo justamente igual al de los otros a tu alrededor. Porque aquí no les interesa quién o qué eres. Porque para los que están arriba de ti no es importante tu nombre e irónicamente para esas bazofias todos son la misma basura.

Es un hecho que día con día los tiempos se hacen cada vez más difíciles para los soñadores y yo hace mucho que decliné la estancia en esa lista. Tantos sueños que se abandonan por el paso de la senda ¿y para qué? Para ganar a cambio un hermoso juego de cadenas y grilletes sociales que combinan lindo con ese numerito imaginario que te distingue de los demás.

“Nadie dijo que la vida es justa”, dicen aquellos los resignados ante lo que acontece. Pues yo destruyo su verdad diciendo que ciertamente alguien lo ha dicho. Mi madre siempre mencionó: “No te preocupes, que la vida se encargará a su tiempo.” Y no es que quiera un pretexto para culpar a alguien de la injusticia de la vida. Ella es simplemente una persona más entre el montón y, siendo del montón, la única a la que he de agradecer por algo. Quizás no me evitó el sufrir, pero sí que lo compartió conmigo y hasta la fecha carga con penas que no le corresponden.

Hoy al despertar decidí no ir a la oficina, con el fin de concebir mío al tiempo para hacer quién sabe qué. Ya ha caído la noche y sigo aquí, sentada en este sillón, sosteniendo el bolígrafo y presionando la punta contra las hojas de papel del cuaderno, pensando. Mientras pienso, el silencio me hace girar la mirada. Atravesando el pasillo, mi cuarto. Puedo observar a lo lejos la cama de la cual me levanté hace unas 20 horas. Las sábanas, tal y como las dejé al despertar, denotan las noches de una soltera, sin rastro ni esencia de algún hombre amante que haya compartido algo de sí. Mantengo la vista en las sábanas, perdiéndome en los pliegues y arrugas de éstas. Un minuto y otros más permanezco así, en blanco. Y siento el aire frío en mi rostro, en mis brazos, recorriendo mi piel. Y escucho al agua caer y me doy cuenta de que sigue lloviendo. El cansancio en mis ojos llena de pesadez a mis párpados haciéndome cerrarlos con torpeza y lentitud. Abro los ojos. El fresco de la noche está muy presente. Un impulso me lleva a mover mi mano para cerrar la ventana. De la venta hacia afuera un borde que hace de base y macetero. Y en él, el bonsái a expensas del tiempo y del clima. La lluvia incesante y recia. Las calles húmedas, oscuras y desoladas. El cielo parece llorar, dejando sobrevenir su tristeza en las almas taciturnas de la noche y sobre las raíces del bonsái. El bonsái ahogado en agua y yo no hago nada para evitar su sucumbir. Porque la vida parece empeñada, empeñada en continuar su llanto, empeñada en regar desdichas y tribulaciones, obsesionada en acabar con aquello que podría representar un cambio, la última esperanza ajena y propia, un giro esperadamente inesperado, capaz de organizar un poco las cosas que están y que están por venir.

Obedeciendo a mi cuerpo, me levanto. Me quedo ahí por un minuto, observando al bonsái mortecino. Giro, me dirijo al pasillo y de ahí a mi habitación. Finalmente me recuesto en la cama, sin saber del tiempo. Escribo esto último antes de ceder ante la extenuación de mi todo, consciente de que el día de mañana será uno más y uno menos, tan igual como los que fueron y los que serán.