—Se niñero de mis hijos.
—Con una condición.
—¿Cuál?
—Que también sean los míos.
"Mi realidad no será verdad absoluta, será cierta en todos sus detalles y no podrás entenderla nunca a como la siento en mi piel, tan real." | "Leer tu blog es como leer una ventana de recuerdos, como una jovencita se aferra a la mano de su madre al entrar al primer día de clases."



Muchas son las cosas, situaciones, pasatiempos, gustos que disfruto y he adoptado con el tiempo y la experimentación personal.
A veces creemos que las cosas que hacemos, lo que nos gusta, los aspectos con los que mantenemos un contacto frecuente nos determinan o definen. Es importante entender que uno no es lo que hace, uno no es los demás, que no se es lo que resulta agradable y que tampoco somos nuestros propios miedos y temores.
Me gusta caminar las calles, pero no soy camino.
Me gusta sentir el aire jugando entre mis cabellos, pero no soy aire ni juego.
Me gusta la noche, pero yo no soy la noche ni soy la luna ni seré las estrellas. No soy brillo y no seré la oscuridad del cielo.
Disfruto la cercanía de personas alegres alrededor mío, pero no soy alegría. Y me enamoran las miradas tristes, aunque no puedan ser mías.
Me gustan mucho las gardenias, esos ramilletes que venden en los cruces citadinos, pero yo no soy ni seré ese sutil aroma que desprenden con dulzura.
Me gusta sentir que algo es mío, pero a veces ni yo misma me siento pertenecer.
Me gusta creer que puedo hacer las cosas diferentes, no sólo para mí sino para los demás, pero la verdad es que por ahora yo no soy el cambio y mucho menos soy la diferencia.
Disfruto de jugar baloncesto. Yo no soy la pelota, ni mis tenis, no soy la cancha, ni el deporte mismo.
Me gusta pasar el tiempo a solas y no soy el tiempo y no soy soledad.
Me siento bien al sólo callar y apagar mis pensamientos; no soy silencio.
Suelo pasar las noches y los días sólo divagando y mucho de mi tiempo se vierte en letras publicadas (en Blogger o Twitter, a veces en blocs de notas), mas yo no seré ninguna red social. Tampoco soy las palabras que puedo escribir y pensar, no soy pensamiento. No soy ensayista, no soy escritora y tampoco filósofa.
Me gusta consumir algunas ideas que me brinda la sociedad para sentirme pertenecer a algo que es de mi agrado, pero no soy nada de lo que consumo e inclusive hasta los ideales que he adoptado, tampoco soy esos ideales.
Pasar el tiempo bordando cenefas con hilos, escribiendo mensajes en ellas. No soy aguja, no soy tela.
Disfruto del placer que me provocan ciertas fugacidades efímeras, ¿podría ser yo fugaz y breve?
Y si no soy la lluvia, no soy lo cálido de un cobertor por las noches, si no soy lo que puedo comer, no soy lo que veo y no soy lo que escucho, ¿soy lo que siento? Y si no queda más para intentar definirme, ¿soy tan sólo intensión? Una intensión más agregada a un conjunto de otras intensiones. Pero no soy intensión y no soy sentimiento.
¿Qué es lo que tengo, entonces, con qué me quedo yo? Si fuese una pregunta fácil de contestar quizás no tendría tanto sentido el buscar. Y supongo que ahora eso no es tan importante, pues, mientras sepa reconocer lo que no soy la confusión no me robará lo que sí soy.
Como esconder un secreto o un tesoro, si desconoces su paradero será más difícil ante los otros hallarlo. Y también podrías pasar por su localización y no saber que está allí escondido tu secreto, quizás no deba ser hallado a menos que fuera por coincidencia o destino.
Sé algunas cosas qué no soy por ahora: no soy música, no soy novelista, no soy caricia, no soy un beso, no soy tinta, no soy color, no soy luz y tampoco soy penumbra, no soy superficie ni profundidad, no soy el mar, no soy oxígeno, no soy lo magnífico, no soy agua, no soy un abrazo, no soy este instante que ya ha pasado, no soy presente, definitivamente no soy suspiro ni respiración, no soy orden ni equilibrio y temo decir con sospecha que tampoco soy el caos.
Y te marqué muchas veces al celular aún cuando irremediablemente la llamada se seguiría desviando y enviándome a tu buzón. No quiero ni suspirar.
Y sólo quería decirte que te extraño, aún cuando no ha pasado más de una hora desde que nos despedimos, y que me arrepiento del momento en que me dijiste adiós a la hora de la salida; debí detenerte, abrazarte muy fuerte y ya, sólo eso. Ese beso apresurado que me diste sólo alimentó mis ganas de estar contigo; no debiste hacerlo si no pensabas besarme bien, de nuevo. Y sí, me estoy quejando, culpándote de lo que siento, culpándote infantil e injustamente porque obviamente nada de esto es tu culpa o tu intención -es más, jamás te cruzaría por la mente la posibilidad de lo que me sucede-.
A veces me siento inestable, dispersa, desconocida.
Este día no ha sido muy bueno, ya van varias veces que emito quejidos.
Al llegar a casa me preguntó mi hermana que si cómo me había ido, en el día o en el examen que presenté hoy, supongo. “Me fue bien”, le dije. “¿Y cuáles son tus planes para hoy?”, continuó preguntando. “Nada”, le respondí. “Nada como hice el fin de semana pasado, y el antepasado, y el anterior al antepasado, y como haré el próximo, y el que le sigue al próximo”. Creo que no me escuché tan optimista. “¿Por qué?” No hay una razón especial, pude haber mencionado ante su pregunta, mas habría sido mentira. Aunque la razón no tiene razón de ser en sí y eso porque es esencialmente absurda -o al menos así me parece ahora-, por lo que no la pienso ni comentar. Quizás mis “nada” no deban tomarse tan literales, pero en sí se sienten literales.
La verdad es que ya estoy harta. Me siento cansada de no hacer nada, quiero hacer algo con mi tiempo: salir, divertirme sin ti, con mis amigos o sola; ¿será muy contradictorio o confuso si digo ahora que también es verdad que no me siento con ánimos de salir y hacer algo divertido con mis amigos, que quiero estar contigo y sólo eso? Quizás sería confuso hasta para mí.
Quizás quiero hacerlo todo y la intención ambiciosa me nubla el ánimo.
Quiero escuchar música en español -raro en mí-, pero no quiero decirle adiós al silencio del cual pocas veces puedo disfrutar en esta casa y que justo ahora lo siento embriagarme los sentidos; la ausencia de ruido me acaricia, la respiro, casi puedo saborear al silencio, lo contemplo a mi alrededor, mis oídos atentos descansan en él.
Cierro los ojos por un momento, necesito descansar. Siento latir mi estómago; estoy consciente de que sólo es la prolongación del palpitar de mi corazón a través de la porción de la aorta abdominal en mi cuerpo. Después comienzo a sentir una presión no tan agradable en la boca del estómago y el esófago; recuerdo haber comido un emparedado de jamón de camino a casa -luego de haber salido de la escuela, decidir ir al cine que estaba cerrado, y retornarme en el camino a casa-. Mi nariz se hunde en la almohada; el respirar se vuelve extenuante, incluso agobiante. Ya no quiero.
“¡Estoy deprimida!”, le grité a mi hermana desde la habitación en el momento en que la escuché despedirse de mí justo antes de irse a su cita con el odontólogo.
Hasta parece gracioso, posiblemente lo sea. En mi intento por salir de la monotonía contemplé por unos minutos la idea de hacer algo, lo que fuese. Yendo a casa, después de pensarlo un buen lapso, me animé a mitad de camino a desviar de su ruta a Sammy: “¿Qué tan lejos queda el cine?” No sé qué clase de pregunta fue esa que le hice, pero sabía que la secuencia consecuente de preguntas me llevaría a decirle que me llevase al cine. Ver una película, sin compañía, ¿por qué no? Pues no porque cuando llegué a la plaza no pensé en la hora, era bastante temprano y la mayoría de establecimientos, incluido el cine, se mantenían cerrados. “Genial”, pensé con sarcasmo. “Murphy, mi estimado amigo, te deseo que te pudras tú junto con todas tus leyes”; mi estado de ánimo se pudo haber resumido en algo como eso, hipotéticamente y de manera figurada. Era de esperarse que justo cuando actúo impulsiva y sin control me resulten mal las intenciones primerizas.
Por supuesto que llamé a Sammy para que fuese a buscarme; la pena en su más alto nivel se autoproclamó como mi nombre e identidad en ese instante. La vergüenza que me da con él haciéndolo ir y venir es innegable, y es que el que sea chauffeur y le paguen por eso no me alivia de lo que le hago pasar. Puede que no sea tan grave mi actuar, pero nunca me ha gustado “hacer uso” de una persona; me gustaría verlo más como un amigo haciéndome favores a menudo -quizás ayudaría decirle que, en secreto, mi hermana y yo con cariño le nombramos “Sammy”-. Samuel es una buena persona.
Mi hermana me escuchó decir “deprimida”. La escuché decirme algo en respuesta a lo que exclamé en su partida, no recuerdo qué. Me puse de pie y salí de mi habitación con la actitud de una niña pequeña que se siente mal -la misma se tornó en mi tono de voz-, caminé hacia ella con los brazos extendidos y la mirada vidriosa, borrosa por las nacientes lágrimas que de poquito a poquito se acumulaban sobre el borde de mis ojos. Me abrazó, “no estés triste”. El taxi esperando fuera de la casa y ella diciéndome cosas bonitas como: “¿No quieres venir conmigo?” Sí, eso es bonito. No, no la acompañé. Creo que muchas cosas en este mundo están sobrevaloradas; el amor de una hermana nunca entrará en esa clasificación. No puedo describir realmente todo lo que me hace pensar y sentir; confieso que si a alguien he llegado a considerar como un modelo a seguir es a mi hermana mayor, la admiro pues actúa bien su papel en la obra. No es perfecta, pero le funciona el ser ella.
Ser uno mismo es lo mejor que uno puede hacer, es lo único que indiscutiblemente hacemos mejor que cualquier otro. ¿No?
¿Estoy deprimida? Estoy triste. Talentos tan bellos como la voz le ha dado Dios a personas tantas en el mundo; ella tiene una voz hermosa y una habilidad musical admirable, es bonita. Ella, la chica linda del colegio que hoy cantó y tocó con su guitarra en el festival. No dudo, es más, es un hecho que por momentos -quizás mi parecer no ha cambiado- deseé ser ella, toda ella. ¿No es eso mezquino? Desear ser alguien más, tomar la vida de alguien más por el puro deseo egoísta, con el celoso pensamiento ácido incesante. No sólo es tristeza lo que soy capaz de sentir ahora.
La inmutabilidad de la esencia. ¿Se nace con ella acaso?
Quiero tomarme un tiempo para mí en ti; despertar del aparente azoramiento que me envuelve insistente.
¿Por qué cambiaré de parecer tan súbitamente? ¿Herencia, puede ser? Me pregunto si algún día tomaré decisiones de manera acertada, ¿serán buenas decisiones sólo por no titubear?
Hay tanto por hacer; para hablar de los días últimos, estos han sido y los que vienen serán también llenos de pena. Pero al mal tiempo, buena cara...eso dicen.
<<No tes triste. Pon musika a todo volumeny kanta y baila y grita. Encierrate bien nomas...besitos.>> A mi hermana se le perdona toda su flojera de escribir bien en los mensajes de texto, cierto es que tiene una ortografía maravillosa y ni hablar de su caligrafía. A mi hermana se le agradece todo, incluidas sus intenciones y ese mensaje que no tardó en llegar a mi celular una vez que ella se ausentó. Y leído el mensaje comencé a escribir lo que ahora está por concluir.
<<Ok te quiero. Mucho mucho muchoa.>> Las letras que están por demás escritas en un mensaje de texto también se le perdonan a un padre, más si el mensaje llega inesperado, tiempo después de haber estado ocupado en junta de trabajo y de haberse enterado de que su hija menor iba a casa, que después iba al cine, que después ya no. Se traduce de padres a hijos como un alivio, sabiendo que la hija iba sin compañía.
"Este día no ha sido muy bueno, ya van varias veces que emito quejidos."
¿Tengo oportunidad de retractarme? Detalles como esos cambian el día, mientras uno escribe.