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jueves, 22 de enero de 2015

Hilos y lana

Conocí a Marta, una pequeña niña que pasea animales. Ella los guía con sus diminutas manos, a todas horas, desde antes de que el sol le desvista sus ojos.

Marta tiene nueve años. Dice haberlos cumplido ahorita, asegura que hoy no, pero tampoco fue este mes. O quién sabe. En su mueca sólo me confía el ahorita.

Ella tiene el cabello lacio y ojos azabaches que le combinan. Pequeños, inciertos, curiosos. Lleva la piel tostada, besada por fuego, moldeada del barro y pintada de achiote.

Marta hace marchar a un par de cebras y leones. Juega con los gatos pardos, con las ranas y los monos por igual. También cuida de tres aves coloridas. Y hasta el frente dirige a su elefante blanco, acompañado de jirafas por los costados.

Le pedí a la peregrina me acompañase a merendar, pues le he contemplado despacio la mirada. Y es que su diario deambular me ha parecido ser largo. Aunque caminar no es problema para Marta, que pareciera andar con el corazón en los pies, haciendo a la tierra palpitar bajo de ellos.

La pequeña domadora también es maga. En el encuentro me reveló un truco al bajar la guardia. Lo escondió, entre sus manos, y tras su sonrisa el chocolate desapareció por completo.

Es poco el descanso que se ha tomado; bajita e implacable, no se da a las nimiedades. A la despedida, qué brillante luz me ha dejado en los ojos. Qué gracia lleva en su rostro, donde sus mejillas visten un rocío de canela.

Cómo desentona verte partir, tan callada. Es que algo más te llevas, Marta, no sé qué me arrebatas. Me has sembrado vibrantes ganas de seguirte los pasos, aunque yo no sepa caminar.

domingo, 19 de mayo de 2013

Improvisaciones.

Este fin de semana salí con unos amigos por el centro y terminamos en una librería donde había una pizarra y palabras imantadas con las que se podrían armar frases y fragmentos. Después de un rato, limitada por los conectores, adjetivos, verbos y sustantivos, esto resultó:

Allí soñé contigo por incauto y amé por mucho el demonio hecho bajo un beso...
celoso de tomar a mi ridícula niña alborotada...
Un cuerpo idiotizado por tu olor
mientras el café es veneno desde mis sueños
muy de madrugada.

martes, 11 de diciembre de 2012

Hola. Mucho gusto.

Hace falta la calidez de un bien querer, que por las noches te construya un hogar entre sus brazos, te sostenga, te coma las penas de tus ojos a besos y sople muy lejos con su aliento esos tus miedos que tanto te aterran las ganas, ponen de rodillas tus esperanzas; por las noches se acueste a tu lado y temblando tu cuerpo de dudas le supliques cuidar de ti, hacerte desaparecer, evaporarte lento, volver a sus ojos calmados, sinceros.
"Cierra la puerta."
"Nadie va a entrar."
"Cierra la puerta."
"Nadie va a entrar".
"Ciérrala."
"¿Por qué?"
"Ciérrala... Por favor."
Y aunque nadie en el mundo fuese a atravesar la puerta de aquella reducida habitación, se puso de pie, cerró la puerta y volvió con prisa a colocarse por un lado para reconstruir tiernamente la seguridad que con sus brazos podía regalarle a aquella frágil criatura.


Ten mis mejores besos,
el frío de mis manos nerviosas e inquietas.
Ten un presente que amarra
de mí una parte a tu cuello.
Ten una manga empapada con sales,
un hombro mojado.
Ten un buen viaje de vuelta a casa.

domingo, 18 de marzo de 2012

Esos hombres que nos llenan y nos pierden.


Después de todo, no son tan cucarachas ni bichos ponzoñosos. Así como nos orillan a las lágrimas, nos hacen florecer entre sonrisas.
¿Qué mejor que convinar su compañía con algún plan espontáneo?
Y es que estoy hablando de esos jueves en los que decides hablarle a aquel amigo que hace mucho tiempo no ves, que sorpresivamente se anima a visitarte, se queda horas en tu habitación charlando de nada en particular y terminas en su departamento comiendo pizza, jugando videojuegos y robándole espacio en su cama. Se levantan tempraño en la mañana del viernes, pero deciden seguir en su privado letargo y faltan ambos a sus clases para compartir un poco más de tiempo y sólo reír. Desayunan juntos, te lleva a casa y se va con la esperanza de verte el próximo fin de semana.
Y es que estoy hablando también de la tarde de ése mismo viernes en el que otro chico, hermano menor de un conocido, te ha invitado a hacer alguna cosa en algún lugar y tú has dicho que sí. Es por eso que llegas a tu habitación, después de haber estado con tu amigo. A penas te da tiempo de ducharte y arreglarte, esperando a que pase por ti y comience algo nuevo. Bien podría llamarse una cita.
Pasan la tarde sentados sobre un mantel blanco cerca de un lago lleno de patos, comiendo emparedados que él mismo preparó con anticipación, tomando té dulce y de postre te sorprende con un poco de pan untado con Nutella. Ríen, charlan sobre posturas humanistas, idealismo, existencialismo, discuten sobre política, hablan de música, del cine y se pierden mucho tiempo asombrados por la naturaleza que les rodea, por el viento, los árboles y las hormigas que atentas se encargaron de inaugurar su picnic.
Les llega la noche y sienten frío, se cubren con el mantel pues ninguno ha llevado abrigo. Tarareas un poco y le cantas un par de canciones. Juega un poco contigo, te rodea la cintura estando ambos acostados sobre el suelo. Un cielo nublado falto de estrellas. Él un poco resfriado y tú lo molestas haciendo voz de niña enferma que no puede hablar bien porque su nariz constipada se lo impide. Él ríe, se acerca con técnica y besa tu mejilla. Te comenta la loca idea de intentar ser algo más que sólo amigos. Te callas los impulsos, las palabras y todo. Le propones una idea más loca, la de conocerse un poco más. Maravillosamente pasan otra hora charlando de más cosas placenteras, sin mucho problema. Estar con él te regala la vista de tu primer atardecer en vivo. Te lleva a casa y se despide de ti con una mirada de enamorado.
Y es que verdaderamente les hablo de la noche de ese mismo viernes en que llegaste a tu habitación y aquel amor pasado, a sabiendas de tu nueva suerte, te tienta a repasar las huellas que los construyeron alguna vez. Y cedes gustosa. Sales en busca de él, llegas a su departamento y él ya con seis cervezas encima te saluda muy extrañado de todo, como si no entendiese que realmente estás ahí. Van a comprar algo de tomar, no precisamente leche con chocolate ni agua. En su departamento, el mismo desorden de siempre. Y como siempre, un poco de tu amor por él te impulsa a tender su cama, a ordenar su ropa.
Una película más, como acostumbraban hacerlo. Una botella tras otra y tú estás más consciente que aquel niño que ya ha empezado a quedarse dormido sobre tu vientre, que ya te abraza sin contemplaciones ni pena. Demasiadas risas. Lo demás, si bien excesos, los vuelve a ambos culpables.
La mañana del sábado, el amanecer de tu cuerpo y de tus ojos sobre un colchón que no es tu cama y no eres sólo tú. Tu costado invadido por quien ya ha invadido todo lo demás de ti. Se acomodan las indecencias, se sacuden las incomodidades. Salen a pasear las calles en busca de alimento y terminan por desayunar-comer tacos en un puesto bien conocido de la ciudad. Se dirigen a dar un breve paseo, juntos, ambos, solos, mientras se saben pertenecer un poco el uno al otro. Te atreves a tomarle del brazo, a recargarte en su hombro, él te jala hacia a él unas contadas veces. Unos últimos pasos hasta la esquina del centro de la ciudad y allí se despide de ti sin volver la vista atrás, pero tú tampoco lo haces. Sonríes y caminas de frente, sin pensar en nada más que lo que queda por delante. Unas horas más te compartes a ti misma, compras algo que te alegra el día. Te diriges a casa en el camión que se tarda una media hora más en llevarte por sólo seis pesos.
Y es que estoy hablando de ese mismo sábado por la noche en que llegaste de nuevo a tu habitación vacía, exhalaste el aire que no fue sólo tuyo, respiras el que te pertenece sólo a ti. Entonces el otro a quien amas y te ama de vuelta desde hace más de un año, pero no pueden estar juntos porque la distancia no los deja, te buscó toda la noche, porque en su interior sabía que estabas con quien te supo suya por varios meses y te abarcó de nuevo hace pocas horas. Te dijo que durmieras, porque sabía que estarías ocupada en otras cosas más divertidas, porque te quiere. Te dijo que te odia. Te pidió matrimonio. Te suplicó lo mataras. Se rindió aún con insomnio, porque en sus pensamientos te tenía atrapada. Y sabes que le amas, sabes que hay que hablar.
Después de charlar un rato sin preocupaciones, le pides permiso de amar a alguien más. No al sujeto con quien compartiste más de un par de besos aún frescos sobre tu piel, sobre tus labios. Un permiso para querer a ese chico que te hizo pasar un buen rato sentados en el pasto mirando a unos cuantos patos y tomando té. Te sientes escoria, pero sientes merecerlo. Y eso te hace sentir aún peor, pero sabes que estás mejor que nunca. Porque te dice que no sabe, que no es su decisión. Pero él sabe que sólo te quiere para él. Pero sabe que te ama y que si estar con alguien más te hará bien, entonces intentará soportarlo, hasta que pueda llegar a ti, abrazarte, llevarte lejos, con él. Y tú esperas que todo eso pase, que puedas querer a alguien más, que él nunca deje de estar, que el otro se vuelva en un vago recuerdo feliz, que quien no puede tenerte ahora algún día venga a buscarte, porque es con él con quien quieres estar.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Un pedacito de mí.

Estoy de vuelta en casa.
Ya son vacaciones y hace un par de días retorné a mi hogar en Tabasco, pues estudio en el estado de Puebla.

Revisando unas cuantas cosas arrumbadas en mi habitación, encontré una pequeña libretita que para mi sorpresa contenía unos cuantos escritos de hace mucho, al parecer de inicios de mi secundaria -la verdad es que no estoy segura de cuándo los escribí-.
Me gustaría compartirles uno de los textos breves y bastante simples que encontré por allí.

Realmente no lo considero un buen texto, es bastante suelto y burdo a decir verdad. Una disculpa por ello; no tengo ni la más mínima idea de qué edad tenía cuando lo escribí, probablemente no sabía ni lo que decía, a esa edad no me había enamorado ni una sola vez, eso es seguro.




El amor no es sólo una atracción de ser a ser.
Es sentir, es saber.
Es dar un todo por esa persona.

Hay personas que ven la belleza en unos ojos azules, claros e hipnotizantes.
Otros en unos verdes, transparentes como el agua, sinceros.
Otros en unos miel, dulces y cariñosos. En marrones y cafés.
O en unos oscuros azabache como el cielo nocturno, brillantes como una estrella del mismo cielo.

Ven la pasión en una piel clara, tersa. En pieles morenas, seductoras y atrayentes; en pieles obscuras llenas de color, gratas texturas, agradables.

Huelen el deseo en cabellos lacios como caricias del propio viento, en ondas suaves como las mismas olas del mar, en chinos potentes como un huracán; a la vez, todos sinceros y de formas sutiles.

Cada quien es diferente, cada quien tiene a su quien.
Cada quien siente como quiere,
y tiene su forma de responder.

Hay almas pasivas que esperan al amor y otras aventureras que van en busca de él.
Pero, en fin, es la forma de ser de cada uno lo que nos hace ser quienes somos. Lo que nos hace sentir como sentimos. Lo que nos hace ver como vemos. Lo que nos hace amar como amamos.

No podemos elegir de quién enamorarnos. Aunque sea buena o mala persona a la vista de los demás ese quién. Aún así se ama. Aún así se quiere.

Dicen que los opuestos se atraen, pero siempre en el opuesto hay algo que es igual.
Lo salvaje.
Lo dulce.
Lo sutil o tierno.
Lo agresivo o necio.
Así como en el yin hay yang, como en el bien hay mal y viceversa.
En el opuesto va a haber algo que tú tienes, como algo de él en ti.
Tal vez en una mínima cantidad, pero lo hay.
Sí que lo hay.


Conclusión: parece que desde pequeña jamás fui hecha para escribir en formato de ensayo, sólo obtendría cosas insípidas.

Gracias por leer.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Los buenos momentos de la vida.

Me hacía mucha falta hacer un espacio para mí misma, salir con personas diferentes y aunque es extraño no tener a quién regresar por la noches, en quién pensar, a quién extrañar, todo está maravillosamente bien por el momento.

Desperté por la mañana con la consciencia ávida de volver a vivir mi vida. Salí a pasear a una plaza y terminé comprando muchas cosas: ropa, anteojos, más ropa. Y mañana volveré por más, seguro.
Atraje muchas miradas en ese instante; decidí arreglarme elegante, pero modesta. Inclusive comencé la mañana con una ducha que fue realmente revitalizante para mí y para mi imagen. Hasta mejoró mi autopercepción.

Y después, una noche adorable la cual pasé sentada junto a una fogata hecha de leños secos en el jardín de una inmensa casa muy bella, con un cielo repleto de estrellas y un frío que me hacía sacar vaho por la boca al exhalar mi respiración. Asando pan, salchichas, malvaviscos, comiendo golosinas, trufas, chocolates, gomitas, papas fritas, dulces de tamarindo, panquecitos y pay de frutas con queso. Además de un riquísimo ponche de frutas casero. Contando mil historias, cantando y riendo, jugando cuales niños y creando nuevas memorias.

La noche de ayer transcurrió espléndidamente. Ahora estoy aquí en mi habitación sola con estos recuerdos y con una sensación de satisfacción.

Pienso en él, sonrío y doy gracias de estar justo donde estoy ahora.
Pienso en él y no me interesa más el asunto.
Pienso en mí y soy feliz de nuevo.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Existe esperanza en los corazones que aman.

Ver a mi padre el día de hoy me dio mucha fuerza.
No había notado que extrañaba lo cálido que es su pecho, lo segura que me puedo sentir entre sus brazos, lo alto que es cuando se pone sus botas y se pone de pie a mi lado.
Me hacían falta palabras de aliento, esas que no vienen de un amigo, pero sí de un padre que sabe regalar su amistad a una hija. Palabras que me hicieron derramar algunas lágrimas y mojar su hombro. Me habló de la vida, me habló del amor, me hizo entender que me entiende y que entre nosotros no existe la distancia ni la ausencia. También me dijo que sabe que no es fácil salir de una depresión, pero que sabe que soy fuerte y que estoy comenzando a vivir, que aprenderé de todo esto.
Un abrazo reconfortante, unos minutos que se han vuelto eternos en mí.
Un padre que sabe leer a su hija, no todo el tiempo, pero cuando lo hace, lo hace con el corazón.
Me asustó un poco saber que notó el vacío en mí, me miró transparente, tomó mi decadencia y mi falta de motivación y la jaló desde el fondo hasta colocarla frente mío para hacerme abrir los ojos. También me hizo abrir las manos para conseguir fuerzas y tomar con ellas cosas mejores. Supo que me sentía deambular sin sentido y me prestó a su persona como motivo de continuar con intención y guía.
No es como si pudiera volver poesía lo que sucedió hoy al estar con él, simplemente lo fue por sí solo. Simplemente no puedo escribirlo como tal.
Dar gracias porque sucedió de esa manera, en ese momento, es lo que puedo hacer. Eso y seguir ocupando mis días, apartar lo que es capaz de ser herido en el corazón y usar más la cabeza, plantar más firmes los pies y comenzar a andar nuevos caminos.
Ahora sé que alguien camina a mi lado, no estoy sola, lo tengo a él.



Estoy poniendo un pie dentro de un nuevo camino mío, el otro aún no lo he movido del sendero que fue nuestro.

Hoy desperté de un sueño que olvidé al instante de abrir mis ojos. Inminentemente sobrevino tu recuerdo, quizás fuiste lo segundo que pensé por la mañana y lo primero que se fijó a mi mente en el día.

Ya no dueles como lo hacías hace un par de días, ya no estás todo el tiempo.

Recordé esa última mirada, esa última aún me pertenecía. Tan diferente, tus ojos no tenían mucho brillo, estaban llenos de sombra.
Un semblante tuyo que nunca antes había visto; creo que estaban tus ojos inundados de miedo.
Creo que los dedos de tu mano jugando con el cabello de mi nuca me susurraban el deseo de tus labios.

Nada pasó, sólo un adiós.

Estos días he pasado por muchos intentos de estornudo y otros más que sí lo han sido; tengo la loca idea de que alguien (tú) está pensándome muy fuerte. Pero sé que no es así (sé que si eso es probable, que seas tú no es tan posible).

Esa noche me tuviste contra la pared, en todos los sentidos. Aún me regalaste un último abrazo para cubrirme del frío y me tomaste por la cintura; fueron muchos los suspiros tuyos que decidí no llevar la cuenta.

Sólo no puedo dejar de preguntarme algo que en mí no podrá ser respondido y que probablemente nunca te preguntaré, porque ahora estamos bien y si no, lo estaremos.

Pudiste besarme esa noche, tuviste la oportunidad de hacerlo, lo sabes. ¿No lo hiciste, por qué? Qué pena si la respuesta es miedo. Qué triste si no lo hiciste por mí, por cuidar de mí.
Y si te dijera que si hubieses podido hacerlo sin repercusión alguna, ¿lo habrías hecho?
Y si te digo que puedes venir y besar mis labios una vez más sin forzar nada, sin quebrar nada, sin causar daño...¿me besarías?

Uno de mis pies dice te extraño y no es un secreto, el otro dice extraño mucho de mí misma.

sábado, 22 de octubre de 2011

Stalkear mucho a una persona como método para que te deje de gustar.

El título de la entrada, pues...encontré esa frase en el TL de Twitter y creo que tiene muchísima razón -al menos aplicada a mi situación-.

La verdad es que podría decir que tengo mucho qué decir al respecto, pero por esta ocasión quizás me guarde las palabras. El tema es demasiado amargo como para prestarle importancia después de un fin de semana increíble, después de un jueves hermoso.

Sólo debo agradecer así a amigos tan buenos que en tan pocos meses han demostrado interés y cariño por mí, preocupación por mis problemas:

Gracias, M, por estar ahí para mí, recibirme en tu casa, salvarme del calor de la tarde y del sol, pensar en cómo secar mis lágrimas y lograrlo a través de compartirme uno de tus gustos personales. No tengo más palabras que puedan expresar lo mucho que te quiero.

Gracias, S, por dejarme estar en tu casa también, presentarme a tus amigos, alimentarme, dejarme dormir y siempre escucharme. Por dejarme entrar en tu mundo tan caótico y bello.

Gracias, C, porque aunque al principio no estaba muy segura, ahora sé que puedes ser alguien especial y de mucha ayuda en momentos de flaqueza. A tu manera tan directa, tan objetiva y analítica. Por tus consejos, tus abrazos, por caminar las calles de esta nueva ciudad conmigo.

Y gracias, H, V y D, por estar este domingo junto a mí. A ustedes que ya de hace años los conozco y continúan a mi lado.

Los quiero mucho.

miércoles, 1 de junio de 2011

Mi momento favorito del día.

Tú olías mi cabello, un aroma dulce y agradable a tu nariz que probablemente no era más que la mezcla de mi shampoo y mi perfume.
Yo respiraba el olor de tu cuello, consciente de que lo rico de tu aroma era una común mezcla entre tu colonia -mi favorita- y esa fragancia característica de tu piel.

viernes, 13 de mayo de 2011

Improvisaciones frustradas, rayitos de luz y otras irrealidades verídicas.

Y te marqué muchas veces al celular aún cuando irremediablemente la llamada se seguiría desviando y enviándome a tu buzón. No quiero ni suspirar.

Y sólo quería decirte que te extraño, aún cuando no ha pasado más de una hora desde que nos despedimos, y que me arrepiento del momento en que me dijiste adiós a la hora de la salida; debí detenerte, abrazarte muy fuerte y ya, sólo eso. Ese beso apresurado que me diste sólo alimentó mis ganas de estar contigo; no debiste hacerlo si no pensabas besarme bien, de nuevo. Y sí, me estoy quejando, culpándote de lo que siento, culpándote infantil e injustamente porque obviamente nada de esto es tu culpa o tu intención -es más, jamás te cruzaría por la mente la posibilidad de lo que me sucede-.

A veces me siento inestable, dispersa, desconocida.

Este día no ha sido muy bueno, ya van varias veces que emito quejidos.

Al llegar a casa me preguntó mi hermana que si cómo me había ido, en el día o en el examen que presenté hoy, supongo. “Me fue bien”, le dije. “¿Y cuáles son tus planes para hoy?”, continuó preguntando. “Nada”, le respondí. “Nada como hice el fin de semana pasado, y el antepasado, y el anterior al antepasado, y como haré el próximo, y el que le sigue al próximo”. Creo que no me escuché tan optimista. “¿Por qué?” No hay una razón especial, pude haber mencionado ante su pregunta, mas habría sido mentira. Aunque la razón no tiene razón de ser en sí y eso porque es esencialmente absurda -o al menos así me parece ahora-, por lo que no la pienso ni comentar. Quizás mis “nada” no deban tomarse tan literales, pero en sí se sienten literales.

La verdad es que ya estoy harta. Me siento cansada de no hacer nada, quiero hacer algo con mi tiempo: salir, divertirme sin ti, con mis amigos o sola; ¿será muy contradictorio o confuso si digo ahora que también es verdad que no me siento con ánimos de salir y hacer algo divertido con mis amigos, que quiero estar contigo y sólo eso? Quizás sería confuso hasta para mí.

Quizás quiero hacerlo todo y la intención ambiciosa me nubla el ánimo.

Quiero escuchar música en español -raro en mí-, pero no quiero decirle adiós al silencio del cual pocas veces puedo disfrutar en esta casa y que justo ahora lo siento embriagarme los sentidos; la ausencia de ruido me acaricia, la respiro, casi puedo saborear al silencio, lo contemplo a mi alrededor, mis oídos atentos descansan en él.

Cierro los ojos por un momento, necesito descansar. Siento latir mi estómago; estoy consciente de que sólo es la prolongación del palpitar de mi corazón a través de la porción de la aorta abdominal en mi cuerpo. Después comienzo a sentir una presión no tan agradable en la boca del estómago y el esófago; recuerdo haber comido un emparedado de jamón de camino a casa -luego de haber salido de la escuela, decidir ir al cine que estaba cerrado, y retornarme en el camino a casa-. Mi nariz se hunde en la almohada; el respirar se vuelve extenuante, incluso agobiante. Ya no quiero.

“¡Estoy deprimida!”, le grité a mi hermana desde la habitación en el momento en que la escuché despedirse de mí justo antes de irse a su cita con el odontólogo.

Hasta parece gracioso, posiblemente lo sea. En mi intento por salir de la monotonía contemplé por unos minutos la idea de hacer algo, lo que fuese. Yendo a casa, después de pensarlo un buen lapso, me animé a mitad de camino a desviar de su ruta a Sammy: “¿Qué tan lejos queda el cine?” No sé qué clase de pregunta fue esa que le hice, pero sabía que la secuencia consecuente de preguntas me llevaría a decirle que me llevase al cine. Ver una película, sin compañía, ¿por qué no? Pues no porque cuando llegué a la plaza no pensé en la hora, era bastante temprano y la mayoría de establecimientos, incluido el cine, se mantenían cerrados. “Genial”, pensé con sarcasmo. “Murphy, mi estimado amigo, te deseo que te pudras tú junto con todas tus leyes”; mi estado de ánimo se pudo haber resumido en algo como eso, hipotéticamente y de manera figurada. Era de esperarse que justo cuando actúo impulsiva y sin control me resulten mal las intenciones primerizas.

Por supuesto que llamé a Sammy para que fuese a buscarme; la pena en su más alto nivel se autoproclamó como mi nombre e identidad en ese instante. La vergüenza que me da con él haciéndolo ir y venir es innegable, y es que el que sea chauffeur y le paguen por eso no me alivia de lo que le hago pasar. Puede que no sea tan grave mi actuar, pero nunca me ha gustado “hacer uso” de una persona; me gustaría verlo más como un amigo haciéndome favores a menudo -quizás ayudaría decirle que, en secreto, mi hermana y yo con cariño le nombramos “Sammy”-. Samuel es una buena persona.

Mi hermana me escuchó decir “deprimida”. La escuché decirme algo en respuesta a lo que exclamé en su partida, no recuerdo qué. Me puse de pie y salí de mi habitación con la actitud de una niña pequeña que se siente mal -la misma se tornó en mi tono de voz-, caminé hacia ella con los brazos extendidos y la mirada vidriosa, borrosa por las nacientes lágrimas que de poquito a poquito se acumulaban sobre el borde de mis ojos. Me abrazó, “no estés triste”. El taxi esperando fuera de la casa y ella diciéndome cosas bonitas como: “¿No quieres venir conmigo?” Sí, eso es bonito. No, no la acompañé. Creo que muchas cosas en este mundo están sobrevaloradas; el amor de una hermana nunca entrará en esa clasificación. No puedo describir realmente todo lo que me hace pensar y sentir; confieso que si a alguien he llegado a considerar como un modelo a seguir es a mi hermana mayor, la admiro pues actúa bien su papel en la obra. No es perfecta, pero le funciona el ser ella.

Ser uno mismo es lo mejor que uno puede hacer, es lo único que indiscutiblemente hacemos mejor que cualquier otro. ¿No?

¿Estoy deprimida? Estoy triste. Talentos tan bellos como la voz le ha dado Dios a personas tantas en el mundo; ella tiene una voz hermosa y una habilidad musical admirable, es bonita. Ella, la chica linda del colegio que hoy cantó y tocó con su guitarra en el festival. No dudo, es más, es un hecho que por momentos -quizás mi parecer no ha cambiado- deseé ser ella, toda ella. ¿No es eso mezquino? Desear ser alguien más, tomar la vida de alguien más por el puro deseo egoísta, con el celoso pensamiento ácido incesante. No sólo es tristeza lo que soy capaz de sentir ahora.

La inmutabilidad de la esencia. ¿Se nace con ella acaso?

Quiero tomarme un tiempo para mí en ti; despertar del aparente azoramiento que me envuelve insistente.

¿Por qué cambiaré de parecer tan súbitamente? ¿Herencia, puede ser? Me pregunto si algún día tomaré decisiones de manera acertada, ¿serán buenas decisiones sólo por no titubear?

Hay tanto por hacer; para hablar de los días últimos, estos han sido y los que vienen serán también llenos de pena. Pero al mal tiempo, buena cara...eso dicen.

<<No tes triste. Pon musika a todo volumeny kanta y baila y grita. Encierrate bien nomas...besitos.>> A mi hermana se le perdona toda su flojera de escribir bien en los mensajes de texto, cierto es que tiene una ortografía maravillosa y ni hablar de su caligrafía. A mi hermana se le agradece todo, incluidas sus intenciones y ese mensaje que no tardó en llegar a mi celular una vez que ella se ausentó. Y leído el mensaje comencé a escribir lo que ahora está por concluir.

<<Ok te quiero. Mucho mucho muchoa.>> Las letras que están por demás escritas en un mensaje de texto también se le perdonan a un padre, más si el mensaje llega inesperado, tiempo después de haber estado ocupado en junta de trabajo y de haberse enterado de que su hija menor iba a casa, que después iba al cine, que después ya no. Se traduce de padres a hijos como un alivio, sabiendo que la hija iba sin compañía.

"Este día no ha sido muy bueno, ya van varias veces que emito quejidos."

¿Tengo oportunidad de retractarme? Detalles como esos cambian el día, mientras uno escribe.

domingo, 13 de marzo de 2011

Conservando una memoria.

-I love you.
-Why is it so easy to you to tell it?
-Because I feel it, don't you?
-I do feel it, but it is not easy to me to open myself. And for you it's so simple and you say it easily.
-...
-Well, no. Maybe it's not that easy to you either, but you have the courage to tell it... And I don't.
But I think if you want to wait a little...I think I can find mine too, I can find courage to tell it to you someday.
-I'll wait.
-I'll do things on my own rythm.
-Take your time, I will wait you.

domingo, 27 de febrero de 2011

Una vez me dijeron...

"I'm jealous of every boy that has ever hugged you, because for that one second he held my entire world."

viernes, 12 de noviembre de 2010

Un día en la vida de Kalidoscopia.

Resulta que este viernes...

Hermana: "Ten, tómatela." **Extiende su mano con una pastilla.**
Yo: "¿Qué?" **Toma la pastilla.**
Hermana: "Para el dolor."
Yo: "¿Dolor? ¿De la ampolleta?"
Hermana: "Noooo, de la garganta. [...] Looser. ¡HAHA! Mamáááá~." **Muere de risa y se burla.**
Yo: "Ay, cállate, cállate." **Hace puchero.**
Mamá: "¿Qué le dijiste? ¿Looser? No le digas así, Leslie."
Yo: "Sí, así me dijo." **Pone cara de víctima.**
Hermana: "Ay, se lo digo de cariño." **Lo dice con voz como de que la acaban de regañar.**
Yo: "Siempre me lo dice, me dice: 'eres una looser'." **Pone carita triste y ojos tiernos.**
Mamá: "No, Leslie, la vas a traumar."
Hermana: "Ay, cómo crees."
Yo: "Sí...-"
Mamá: "De por sí está traumada."
-MOMENTO DE SILENCIO Y ASIMILACIÓN DE LOS SUCESOS-
Hermana y yo: "¡Hahahahahahaha!"

[...Minutos después...]

Mamá: **Lavando las lentejas para cocinarlas.**
Hermana: **Se acerca a ella y se enjuaga las manos en el mismo chorro de agua que mamá usa para lavar las lentejas.**
Mamá: "¡No, Leslie! ¿Qué no ves que estoy lavando las lentejas? Looser."
Hermana: "¡Hahaha!"
Yo: "¿Qué pasó?" **Le pregunta curiosa.**
Hermana: **Le cuenta lo sucedido.**
Yo: "¡HAHAHAHAHAHAHAHAHA!

Pero qué cosas.

viernes, 9 de julio de 2010

En perspectiva.

Esta mañana lo primero que vino a mi cabeza al despertar fueron las palabras "huevos con tocino", en serio, no les miento. Realmente fue gracioso para mí ya que no soy alguien a quien de pronto le den esos antojos que parecen no tener razón y, últimamente, he estado desayunando leche, una banana y una que otra galleta pues no soy de madrugar constante (digo, son vacaciones). Sin embargo, el día de hoy fue la diferencia. Habría optado por un cereal con fresas y leche a como hago normalmente, pero ya que la situación no era completamente normal me dije "que sean huevos con tocino".

Justo ahora acaba de surgir una idea en mi cabeza (acabo de cambiar el título del post por lo mismo). ¿Qué tal algo de perspectiva para esta mañana? Es cierto que las cosas, las personas y las situaciones cambian dependiendo del punto de donde les mires. Así, le pondré algo de perspectiva a mi desayuno. Si lo veo desde un lado pesimista y negativo las cosas habrían sucedido más o menos así:
"Huevos con tocino, hm. El tocino no tiene ni una pizca visible de algo sano en él, ¿por qué debería comerlo?" Y siguiendo a mi mente, aún así, lo habría cocinado. Yendo a la nevera por un par de huevos y el paquete de tocino habría notado que nuevamente el foco que ilumina la nevera no estaba funcionando. "Oh, qué bien (sarcasmo). Para colmo tampoco encendí la luz de la cocina, osh. Ahora no veo nada." Con tal de no ir a encender la luz habría buscado a oscuras las cosas, lo bueno que era de día y unos cuantos rayitos de sol se colaban entre las cortinas. Al tener ya el tocino y los huevos para cocinar, por no tomarme la molestia de encender la luz antes, me hubiese regresado hasta donde el interruptor para poder hacer todo bien. Está bien buscar a oscuras, ¿pero cocinar? No, ya sería demasiado. "Maldita luz." Lo siguiente es buscar en donde cocinar las cosas. "Sartén, sartén... Ay, están sucios." La verdad, si hubiese hecho las cosas con esa actitud, no tengo idea de cómo habría resultado todo. No sé si habría buscado un sartén limpio o si hubiese lavado los que estaban ahí. Y ya que no puedo imaginar algo al respecto pasaré a cocinar. "Mantequilla en lugar de aceite para dorar los huevos revueltos. Aceite para dorar el tocino. ¿Qué tanto dañará esto a mi sistema?" Mientras cocinaba -fijándome a la realidad- algo de aceite del tocino saltó y me cayó una gotita en la muñeca. Ahora no se siente nada, pero es casi seguro que en el momento habría dicho "damn!" o algo parecido. Probablemente me habría quejado mucho.
Les cuento que un dolor en la espalda baja me llegó inmediato al despertar, un dolor horroroso. Apuesto que también me habría quejado hasta por los codos del dolor al cocinar, porque bien que me dolía.

Seguramente al tener servida la comida y empezar a desayunar también me hubiese quejado. Si no por la cantidad de aceite o grasa, por el sabor o lo primero que viniese a mi mente. "Sabe feo, como a quemado. Maldita mantequilla. Debí usar menos. [...] Este tocino, no debería comerlo. La buena dieta de días atrás a la basura. [...] ¿Por qué me estoy tomando este yogur? Esta lleno de azúcar. Ni si quiera es el que me gusta. Qué horror. Debería tomar leche, agua, algo diferente y no esto. [...] Este maldito dolor en la espalda. Debí poner atención al trabajo de las vértebras de la clase de anatomía. [...] Bla, bla, bla, bla, bla." Sí, probablemente habría sido algo así.
Pero ahora les cuento lo que realmente pasó:
Esta mañana al despertar lo primero que vino a mi mente fueron las palabras "huevos con tocino". No es algo que suela desayunar. Es más, ya tiene años desde que un paquete de tocino entró a esta casa, años literalmente hablando. A pesar de ello, un paquete entró a esta casa el día de ayer. Puede ser que eso halla motivado al esporádico antojo. También puede ser el que haya cenado algo de tocino la noche anterior. Pero haya sido lo que haya sido, las palabras en mi mente siguen siendo las mismas: "Huevos con tocino". Mi reacción fue reírme un poco del asunto y dejar que el día fuese algo diferente.

Busqué los huevos y el tocino en la nevera, encendí la luz y no recuerdo haberme quejado, limpié los sartenes que pensé utilizar y comencé a cocinar. Mientras el tocino se doraba una pequeña gota de aceite cayó en mi muñeca y habré dicho algo como "ouch" o "sss..." por el dolor, pero nada más. Seguí cocinando y recuerdo que no logré encender una de las hornillas. Lo que hice fue esperar a que una de las cosas estuviera lista, retirar del fuego y colocar el otro sartén -sin quejas-. Serví todo en el plato, lo llevé a la mesa y regresé por algo de beber. Me dio tanta flojera buscar un vaso para servirme leche, mi voluntad no fue tan fuerte para querer algo de agua, así que tomé un yogur bebible y me fui a la mesa. En mi mente había una pequeña voz diciendo que no me bebiese eso, pero le ignoré y lo hice sin remordimiento alguno. "Ya me cuidé como por mucho tiempo. Un día no me hará tanto daño. Soy joven." Algo así fue lo que pensé. Al comer los huevos revueltos sentí un ligero sabor a quemado, pero no le di importancia, no era razón de queja.
Mientras cocinaba y ese dolor de espalda constante me molestaba pensé en dar gracias, pedir perdón y eso que uno debe hacer por las mañanas (quizás así se me iba el dolor por un rato). Hace unas semanas lo hacía a diario, pero se me fue olvidando y hoy recordé que era importante hacerlo. Di gracias y pedí perdón y, siendo sincera, me quedé a medias en la oración porque estaba hambrienta -la verdad es que aún no termino de orar, pero en cuanto termine de escribir lo hago-. La misma oración que nació por el deseo de olvidarme del dolor de espalda me llevó a pensar en que muchos no tienen qué comer ni qué beber, no tienen casa u hogar, inclusive muchos no tienen ni el amor con el que uno ha sido bendecido. Ese amor y cariño que puede muchas cosas tales como reducir la importancia de las otras carencias materiales. Hay que ser agradecido y pedir por los demás; eso es lo que pienso justo ahora. (Una reflexión en la mañana no viene mal. Ni yo me la esperaba.)

Regresando a lo que el título pretendía, ¿ven la magia de la perspectiva? Yo sí.
No acostumbro ser tan positiva como creo me leí en estos últimos párrafos, pero es bueno un cambio de vez en cuando. (También escribí esto porque tenía mucho que no lo hacía -me refiero a escribir-.)

Cuando crean que están teniendo un mal día o que no podría existir algo peor, créanme, sí podría ser peor y no están en el hoyo más profundo ni más oscuro, están bien. No se fijen en lo molesto de sus días sino en los instantes que los hacen maravillosos y diferentes porque ningún día es igual. Sean siempre agradecidos, siempre. Aprecien un "buenos días" y una sonrisa que, a pesar de ser gratis, tiene un inmenso valor y desgraciadamente en este mundo no se le regala a cualquiera. Caminen por la vida con la mirada en alto y seguros de sí mismos, porque todo lo demás es incierto y la fortaleza de uno crecerá tanto como uno mismo quiera. El único capaz de establecerte límites eres tú mismo. Sobretodo aprender, aprender de los errores y también de lo bueno. Parecerá repetitivo y nada original, pero es la verdad. Seguramente es por esa razón que se escucha tanto y aún así no se presta la debida atención a lo dicho. Para no hacer el cuento largo les resumo y recomiendo que cada mañana se tomen una pildorita de optimismo, busquen las cosas positivas en los demás y en ustedes, aprovechen sus virtudes y fortalezas sin dejar de lado las debilidades porque esas, siendo parte de cada quien, también se pueden trabajar para bien.

Finalmente, cuando se vean a oscuras y les sea difícil encontrar ese rayito de sol que ilumina todo, deténganse a respirar un poco, a pensar y a hacerse un favor: agreguen a sus días algo de perspectiva.

lunes, 8 de febrero de 2010

Pero qué cosas a la hora de cenar...

Siempre es el mismo dilema a la hora de la cena: Soy una adolescente de 16 años que tiene una madre demasiado pendiente de mis necesidades, sobre-protectora, dadivosa e indulgente, además debo decir que es muy terca y posee una enorme imaginación por lo que nunca se queda sin opciones. Cuando se trata de la cena, mi madre llega con la duda de qué es lo que me gustaría cenar. Normalmente contesto con un "no sé" o "lo que sea", pero ella se queda justo en donde está y comienza a lanzar, palabra por palabra, una lista de sugerencias que parece ser infinita. Hoy vino a hacer la misma pregunta de siempre: "¿Qué piensas cenar, Aurora?" Le contesté: "Hm, no sé. Tengo ganas de comer mermelada, algo dulce." Ella me dijo: "Ah, bien. Ahí hay pan tostado. Lo comes con mermelada." A mí me pareció buena la idea y asenté el acuerdo con un: "Sí, ok." Sin embargo, como ella acostumbra hacerlo, comenzó a sugerir más cosas a pesar de que ya habíamos establecido la idea para mi cena. Al menos, yo creí haberlo hecho. Supongo que la idea que le surgió de manera continua a la previa fue porque estábamos hablando del pan tostado: "Ah, compré pan de nata" me dijo. "¿De nata?" pregunté. Ella continuó: "Sí, de nata. Es un panqué normal, como el que horneé, pero de nata." Yo sólo dije: "Aaah, sí." Ella sugirió: "También puedes comer un poco del pan con leche." Yo empezé a pensar en lo que iba a venir en unos cuantos segundos: más sugerencias. "Aah, sí. También, pero no. Tengo ganas de comer mermelada." Como mi madre parece no escuchar lo que uno dice continuó hablando: "También compré queso cottage. También hay panela." Yo me limitaba a decir: "Uh huh..." Y ella decía: "Aaah, o también hay cereal. ¿Te hago un cereal, no?" Yo despegué la vista de la pantalla de la laptop y la miré con un poco de desesperación: "Mamá, en primera el cereal no se hace, se sirve. Y no te preocupes, el cereal se pone en un plato y le pones leche. No necesito que me lo sirvas. Puedo hacer sola, ¿sí?" Ella sólo me miró con una leve sonrisa dibujada en su rostro como con ganas de reír: "Hm, ay Aurora... Ah! Tu papá quiere unos huevos revueltos..." Recuerdo haberle dicho que sí a lo que continuó hablando, pero en realidad no le puse mucha atención y me encerré en mi idea de comer algo dulce. Ella se fue y yo continué haciendo lo que estaba haciendo: 'twittear'.
No sé cuántos minutos pasaron, pero no fueron muchos para cuando escuché a mi padre venir para decirme que mi sandwich ya estaba hecho, servido y en la mesa. Yo me dije a mí misma: "¿Qué?" Miré a mi papá con una cara de desconcierto. Realmente no sé cómo se habrá visto mi cara en el momento, quiero decir, no tenía un espejo en frente como para verla, pero sé que por dentro y en mi mente reinaba una sensación de absurdo. "¿¡Un sandwich?!" exclamé. Mi papá con ésa emoción de niño que guarda en su corazón pero que siempre es capaz de mostrar me dijo: "Sí. Con jamoncito, tomatito, repollo, mayonesita... Hmmm!" Lo habré mirado fíjamente a los ojos como unos siete segundos para después decirle: "Ay, ¡por favor! No, es que, ella... ¡Osh!" En realidad hago eso siempre que me frustra algo, y es que en el momento no encuentro la idea exacta de lo que quiero decir. Como sea, comencé a contarle a mi padre la típica secuencia de comida que mi madre suele sugerir. Mientras yo me exaltaba en ciertas partes de la explicación mi padre reía. Seguramente su mente se estaba llenado de ideas divertidas. Mi padre adora ésa forma única de ser de mi madre. A pesar de ser "predecible" nunca sabes qué esperar de ella, nunca. Así, terminé de contarle lo que ustedes leyeron en éste texto y me fui a la mesa a cenar con él y con mi madre. Ya estando en la mesa debo decir que el sandwich se veía muy apetitoso, fue entonces cuando me empezó a causar gracia el hecho.
En la mesa estaba los tres sandwiches, uno para cada uno de nosotros. Aparte, dos platos: uno, con rebanadas de tomate y repollo; otro, con aguacate. Yo no noté el aguacate hasta que mi padre tomó un poco con el tenedor. Decidí tomar también un poco, pero al hacer la petición a mi padre de que me pasara el plato, mi madre dijo: "Ya tiene tu sandwich." Me molestan mucho esos comentarios que ella hace, más porque los hace de manera impulsiva y sin pensar. Le dije a mi padre que ya no quería y mi madre añadió: "Pero puedes ponerle." Si hubiera sido en otra circunstancia seguramente yo habría empezado a discutir con ella, soy muy explosiva cuando ella hace esas cosas, esos comentarios con los que te hace juegos mentales. No sé si me entiendan... De igual forma, permanecí tranquila porque mi padre intervino e hizo que ella se diera cuenta e hiciera conciencia de lo que había dicho hace unos minutos y lo que acababa de decir. Entonces me dijo: "Sí, ponle. Ponle aguacate." Les digo que tampoco me gusta que me ordenen cosas y éso sonaba a una orden. Aún así permanecí tranquila, tomé el aguacate y lo unté en el sandwich. A pesar de que pasé por estas cosas antes de poder cenar, admito que el sandwich de jamón con mayonesa, aguacate, tomate, queso y repollo sabía muy bien. Es algo por lo que se debe agradecer, ¿verdad?
Y a pesar de que éste final se lee apetitoso y agradable al paladar, termino de escribir estas lineas inconforme, pues ésta noche iré a la cama sin haber probado un poco de mermelada.