Marta tiene nueve años. Dice haberlos cumplido ahorita, asegura que hoy no, pero tampoco fue este mes. O quién sabe. En su mueca sólo me confía el ahorita.
Ella tiene el cabello lacio y ojos azabaches que le combinan. Pequeños, inciertos, curiosos. Lleva la piel tostada, besada por fuego, moldeada del barro y pintada de achiote.
Marta hace marchar a un par de cebras y leones. Juega con los gatos pardos, con las ranas y los monos por igual. También cuida de tres aves coloridas. Y hasta el frente dirige a su elefante blanco, acompañado de jirafas por los costados.
Le pedí a la peregrina me acompañase a merendar, pues le he contemplado despacio la mirada. Y es que su diario deambular me ha parecido ser largo. Aunque caminar no es problema para Marta, que pareciera andar con el corazón en los pies, haciendo a la tierra palpitar bajo de ellos.
La pequeña domadora también es maga. En el encuentro me reveló un truco al bajar la guardia. Lo escondió, entre sus manos, y tras su sonrisa el chocolate desapareció por completo.
Es poco el descanso que se ha tomado; bajita e implacable, no se da a las nimiedades. A la despedida, qué brillante luz me ha dejado en los ojos. Qué gracia lleva en su rostro, donde sus mejillas visten un rocío de canela.
